La vendedora de harapos

Viste con un delantal,
con tiras de colores,
ya que en su fondo de armario
no guarda alegrías, ni amores.

Su coleta es aire de verano,
y hay destellos en su pelo,
melados por el cloro. Dorados,
sus hombros, reflejan el sol.

Arrastra una carretilla,
girando por las esquinas,
mientras sube hacia la plaza,
para hacer caja, para hacer cima.

Allí saca su tenderete,
donde vende sus jirones,
y también regala historias,
y le cuentan: las viejas,
sobre todo, sus dolores,
las niñas, por supuesto,
sus amores. Los viejos
de algún modo, le saludan,
los niños, junto a ella,
se acumulan.

Ella ofrece sus andrajos,
para secar lágrimas,
para trenzar mechones,
para esconder flemas
o remendar pantalones.

Porque es su ilusión, su sueño,
porque no tiene dueño,
porque quiere y le da la gana,
vende harapos por la tarde,
los desgarra por la mañana.




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